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Diego Costa y el VAR funcionan

No hay torneo donde más pesen las botas a los futbolistas que un Mundial. Se juntan muchas cosas. La presión, el cansancio de la temporada, la falta de engranajes en combinados que apenas juegan un puñado de veces al año… Angustia el reloj y la camiseta, sobre todo en el comienzo de cada cita, cuando las expectativas están altas para cualquiera, mucho más en el caso de una favorita, como España. El Mundial devora a los débiles. De ahí que quien aquí brilla demuestra la madera de la que está hecho. Por eso, gloria merecida a los grandes. Al jugador que solito gana un torneo (o un partido) o el equipo que, con tantos condicionantes, logra imponer su fútbol. Lo hizo la selección en su ciclo mágico, un recuerdo reciente que pone un par de kilos más de responsabilidad en las espaldas de los nuestros. Así arrancaron anoche en Kazán, con el 1-0 de Portugal a Marruecos en la retina y la obligación de la victoria para no caer en una peligrosísima última jornada con el pase a octavos pendiente. La atmósfera no acomodaba al equipo de Fernando Hierro, de repente teletransportado a Teherán. La mayoría iraní en las gradas impuso de banda sonora sus trompetas, parecido zumbido al de las famosas vuvuzelas del Mundial de Sudáfrica. Sonido moscardón, que se supone animaba a los persas. Para el resto era un anuncio de dolor de cabeza.

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